Durante años, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) se consideró un problema exclusivo de la infancia. Sin embargo, hoy sabemos que hasta un 60 % de los niños diagnosticados siguen presentando síntomas en la edad adulta. Y que muchas personas que nunca fueron diagnosticadas de pequeños viven con dificultades de atención, organización o control del impulso sin saber que podrían tener un patrón compatible con este trastorno.
El TDAH no desaparece en la edad adulta
En consulta, muchas veces nos encontramos con padres de niños y niñas con TDAH que, al recibir información acerca de lo que les ocurre a sus hijos, se dan cuenta de que a ellos también les ocurría lo mismo en su infancia, pero fueron catalogados de “rebeldes”, “malos estudiantes” o simplemente “vagos”.
El cerebro de una persona con TDAH presenta una alteración funcional de los circuitos frontales que regulan la atención y la motivación, así como alteraciones del circuito límbico-cortical, encargado de la regulación emocional y la impulsividad. A día de hoy, con técnicas de neuroimagen, hemos podido observar una menor actividad en regiones implicadas en la autorregulación, como la corteza prefrontal dorsolateral, y una menor disponibilidad de dopamina y noradrenalina, neurotransmisores esenciales para mantener el foco y la planificación a largo plazo.
Esta explicación, que podría parecer teórica y nada práctica, es en realidad de gran ayuda en personas que siempre han reído que sus problemas de debían a “falta de voluntad”, o a que simplemente eran “caóticos”.
Esto explica por qué muchas personas con TDAH describen su mente como un navegador con decenas de pestañas abiertas. No es que no puedan concentrarse en nada, sino que su atención se desplaza constantemente hacia lo más estimulante del momento. Por eso pueden pasar horas inmersos en una tarea que les apasiona (hiperfoco), pero les cuesta iniciar o mantener aquellas que les resultan monótonas.
Cómo se manifiesta el TDAH en adultos
En los adultos, los síntomas de TDAH suelen manifestarse de manera distinta a la infancia. La hiperactividad física de la infancia, suele transformarse en inquietud interna, y la impulsividad se traduce en cambios de trabajo frecuentes, problemas en las relaciones o dificultad para gestionar el tiempo. Además, a menudo estos rasgos se confunden con ansiedad, depresión o desmotivación, lo que retrasa aún más el diagnóstico.
Los tratamientos más eficaces combinan abordajes farmacológicos y psicológicos. Los fármacos estimulantes (como el metilfenidato) han demostrado mejorar la función ejecutiva y la capacidad de concentración, pero su eficacia se multiplica cuando se acompañan de estrategias terapéuticas para mejorar atención y organización.
Desde la terapia se trabaja para transformar hábitos disfuncionales en patrones más adaptativos, ayudando al paciente a recuperar control sobre su atención y sus decisiones.
Entender el TDAH como un patrón neurofuncional —y no como un defecto de carácter— permite reducir el estigma y enfocar el tratamiento desde la neuroplasticidad: el cerebro adulto conserva la capacidad de reentrenar su atención.
En una sociedad cada vez más dispersa, esta idea resulta especialmente relevante: todos podemos aprender a dirigir nuestra atención de una forma más satisfactoria, pero para algunas personas, este aprendizaje es su mayor desafío.

