Adolescentes y TIC riesgos para la salud mental

Adolescentes y TIC: cómo el mal uso de la tecnología puede afectar a la salud mental

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Desde mi experiencia clínica como psiquiatra, observo cada día cómo la relación entre adolescentes y tic se ha convertido en uno de los grandes desafíos actuales para la salud mental. Las tecnologías de la información y la comunicación forman parte inseparable de la vida cotidiana de los jóvenes: se comunican, aprenden, se entretienen y construyen su identidad a través de ellas. El problema no es la tecnología en sí, sino el uso inadecuado, excesivo o desregulado, que puede actuar como desencadenante o amplificador de distintos trastornos psiquiátricos.

En este artículo quiero abordar, desde una mirada clínica y cercana, cómo el mal uso de las nuevas tecnologías puede afectar al bienestar emocional de los adolescentes, qué señales deben alertarnos y cómo podemos prevenir consecuencias más graves sin caer en la demonización del entorno digital.

Por qué hablar hoy de adolescentes y TIC desde la psiquiatría

La adolescencia es una etapa de profundos cambios biológicos, psicológicos y sociales. El cerebro aún se encuentra en desarrollo, especialmente las áreas responsables del control de impulsos, la regulación emocional y la toma de decisiones. En este contexto, la exposición constante a estímulos digitales intensos convierte la relación entre adolescentes y tic en un terreno especialmente vulnerable.

Desde la psiquiatría sabemos que los entornos hiperestimulantes, basados en la inmediatez y la gratificación constante, pueden favorecer la aparición de síntomas de ansiedad, depresión, irritabilidad y dificultades atencionales. No se trata de alarmismo, sino de comprender un fenómeno que cada vez vemos con más frecuencia en la consulta.

El cerebro adolescente frente a las nuevas tecnologías

Para comprender por qué las nuevas tecnologías tienen un impacto tan significativo en la conducta y la salud mental de los adolescentes, es imprescindible detenernos en cómo funciona su cerebro. En esta etapa de la vida, el desarrollo neurológico aún está en curso y esto condiciona la forma en que los jóvenes procesan los estímulos, regulan sus emociones y toman decisiones. La relación entre adolescentes y tic no puede analizarse únicamente desde el comportamiento observable, sino que debe entenderse desde una perspectiva neurobiológica: un cerebro en maduración expuesto a un entorno digital altamente estimulante y diseñado para captar la atención de forma constante.

Este desajuste entre un cerebro aún inmaduro y una tecnología pensada para maximizar la respuesta inmediata explica por qué algunos adolescentes son especialmente vulnerables a la impulsividad, a la sobreestimulación y a la dificultad para autorregularse cuando el uso de pantallas no está bien encauzado.

Desarrollo neurológico y vulnerabilidad emocional

El cerebro adolescente no es un cerebro adulto en miniatura. Las áreas prefrontales, encargadas de funciones como la planificación, la toma de decisiones y el autocontrol, maduran más tarde. Esto explica por qué los adolescentes son más impulsivos y más sensibles a conductas potencialmente adictivas, incluidas las relacionadas con la tecnología.

El uso intensivo de pantallas puede interferir en procesos fundamentales como la consolidación del sueño, la atención sostenida y la tolerancia a la frustración, todos ellos esenciales para un desarrollo emocional saludable.

Sistemas de recompensa, dopamina y sobreestimulación digital

Muchas aplicaciones, videojuegos y redes sociales están diseñados para activar el sistema de recompensa cerebral mediante notificaciones, “me gusta” y estímulos constantes. Este mecanismo favorece una liberación repetida de dopamina que puede generar una búsqueda continua de estimulación, reduciendo el interés por actividades menos inmediatas pero necesarias, como el estudio, el deporte o las relaciones presenciales.

Principales problemas psiquiátricos asociados al mal uso de las TIC en adolescentes

En mi experiencia clínica, una parte importante de los adolescentes que acuden a consulta presentan síntomas emocionales que están claramente vinculados al uso que hacen de las tecnologías. La relación entre adolescentes y tic no solo influye en sus hábitos cotidianos, sino también en su equilibrio emocional, su forma de relacionarse y la percepción que tienen de sí mismos. Cuando el uso de las TIC es excesivo, descontrolado o se convierte en la principal fuente de gratificación y validación, puede favorecer la aparición de distintos trastornos psiquiátricos, siendo los más frecuentes los trastornos de ansiedad y los cuadros depresivos.

Estos problemas no suelen aparecer de forma abrupta. Por el contrario, se instauran de manera progresiva y, en muchas ocasiones, pasan desapercibidos durante un tiempo, ya que determinadas conductas se normalizan socialmente. Sin embargo, el impacto sobre la salud mental del adolescente puede ser profundo y persistente si no se detecta y se aborda de forma adecuada.

Trastornos de ansiedad relacionados con el entorno digital

La ansiedad es uno de los problemas más habitualmente asociados al mal uso de las tecnologías en la adolescencia. El entorno digital impone un ritmo constante de estímulos, notificaciones y demandas de respuesta inmediata que resulta difícil de gestionar para un cerebro en pleno desarrollo. Esta hiperconectividad mantiene al adolescente en un estado de alerta continua, dificultando la desconexión mental y favoreciendo la aparición de síntomas ansiosos.

En consulta, la ansiedad relacionada con el uso de las TIC no siempre se expresa como nerviosismo evidente. Con frecuencia se manifiesta a través de irritabilidad, inquietud constante, dificultades de concentración, fatiga mental o incluso síntomas físicos como cefaleas o molestias gastrointestinales.

Ansiedad social y dependencia del móvil

Cada vez es más frecuente encontrar adolescentes que desarrollan una dependencia emocional del teléfono móvil como principal vía de relación social. El dispositivo deja de ser una herramienta y pasa a convertirse en una fuente de seguridad emocional. El miedo a no responder de inmediato, a no estar disponibles o a no cumplir con las expectativas del grupo genera una presión constante que favorece la ansiedad.

Además, esta dependencia suele coexistir con un aumento de la inseguridad en las relaciones presenciales. Muchos adolescentes se sienten más protegidos detrás de una pantalla que en una interacción cara a cara, lo que puede conducir a la evitación social, a la pérdida de habilidades comunicativas y a un incremento de la ansiedad social. Con el tiempo, el móvil deja de aliviar la ansiedad y pasa a mantenerla.

Miedo a quedarse fuera (FOMO)

El llamado Fear of Missing Out o miedo a quedarse fuera es un fenómeno estrechamente ligado a la relación entre adolescentes y tic. Se manifiesta como una sensación persistente de que los demás están viviendo experiencias más interesantes, más felices o más valiosas. Las redes sociales refuerzan esta percepción al mostrar fragmentos de vida cuidadosamente seleccionados y altamente idealizados.

Este miedo genera una necesidad constante de estar conectado y de revisar las redes de forma compulsiva. A nivel emocional, el FOMO se asocia a inquietud, insatisfacción crónica y dificultad para disfrutar del presente. Muchos adolescentes viven con la sensación de llegar siempre tarde, de no estar a la altura o de quedarse al margen, lo que incrementa significativamente los niveles de ansiedad.

Depresión en adolescentes y uso excesivo de pantallas

El uso excesivo de pantallas también se relaciona de forma clara con la aparición de síntomas depresivos en la adolescencia. Aunque la tecnología no es la causa única de la depresión, sí puede actuar como un factor de riesgo importante, especialmente cuando sustituye al contacto social real, al descanso adecuado y a actividades que aportan bienestar emocional.

En la práctica clínica, es frecuente observar adolescentes que pasan muchas horas conectados y, sin embargo, se sienten profundamente solos, desmotivados o vacíos emocionalmente.

Comparación social en redes

Las redes sociales muestran versiones idealizadas de la realidad, donde predominan el éxito, la belleza y la felicidad. La comparación constante con estas imágenes puede generar sentimientos de inferioridad, inutilidad y desesperanza, especialmente en adolescentes cuya identidad aún está en proceso de construcción.

Esta comparación suele ser silenciosa pero constante. El adolescente no solo se compara con los demás, sino que concluye que “los otros viven mejor” o que “yo no soy suficiente”, pensamientos que pueden convertirse en el núcleo de un estado depresivo.

Alteración de la autoestima

Cuando la autoestima depende en gran medida de la validación digital, cualquier crítica, falta de respuesta o disminución de interacción puede vivirse como un rechazo personal. El número de “me gusta”, comentarios o visualizaciones pasa a ser un indicador de valía personal.

Esta fragilidad emocional hace que el adolescente quede especialmente expuesto a la frustración y al desánimo. Con el tiempo, esta dependencia de la validación externa puede favorecer la aparición de síntomas depresivos, sensación de vacío y una pérdida progresiva de la confianza en uno mismo.

Trastornos del sueño y uso nocturno de dispositivos

El sueño es uno de los pilares fundamentales de la salud mental en la adolescencia y, sin embargo, es también uno de los más alterados por el uso inadecuado de las tecnologías. En mi consulta, es muy frecuente que los problemas de descanso pasen inicialmente desapercibidos o se minimicen, cuando en realidad están en el origen o en el mantenimiento de muchos cuadros emocionales. La relación entre adolescentes y tic tiene un impacto directo sobre los ritmos biológicos, especialmente cuando el uso de dispositivos se concentra en las horas previas al sueño. Esta alteración del descanso no solo afecta al número de horas dormidas, sino también a la calidad del sueño, con consecuencias significativas a nivel emocional, cognitivo y conductual.

Insomnio tecnológico

Uno de los problemas más habituales que detecto en consulta es el uso de dispositivos electrónicos hasta altas horas de la noche. La exposición a la luz de las pantallas interfiere en la producción de melatonina y retrasa el inicio del sueño, favoreciendo el insomnio.

Consecuencias emocionales y cognitivas

Dormir mal afecta directamente al estado de ánimo, la capacidad de concentración y la tolerancia al estrés. En adolescentes, la privación de sueño puede intensificar cuadros de ansiedad, depresión e irritabilidad, además de afectar al rendimiento académico.

Adicción a las tecnologías: cuándo el uso se convierte en un problema clínico

Desde el punto de vista psiquiátrico, es importante diferenciar entre un uso intensivo y un uso problemático. Hablamos de adicción conductual cuando existe pérdida de control, interferencia significativa en la vida diaria y malestar psicológico.

La Organización Mundial de la Salud ha reconocido la adicción a los videojuegos como un trastorno, lo que refuerza la necesidad de evaluar seriamente estas conductas cuando afectan al funcionamiento del adolescente.

TIC, impulsividad y trastornos de conducta

Uno de los efectos menos visibles, pero clínicamente muy relevantes, del uso desregulado de las tecnologías en la adolescencia es su impacto sobre la impulsividad y la conducta. Las TIC ofrecen un acceso inmediato a estímulos constantes, respuestas rápidas y recompensas instantáneas, lo que dificulta el aprendizaje de la espera, del esfuerzo sostenido y de la tolerancia a la frustración. En un cerebro adolescente, todavía en proceso de maduración, este tipo de funcionamiento puede reforzar patrones de respuesta impulsivos y poco reflexivos.

En la consulta observo con frecuencia adolescentes que presentan una baja tolerancia al aburrimiento, dificultades para mantener la atención en tareas que requieren esfuerzo prolongado y una necesidad constante de cambio de estímulo. Estas características, que en parte forman parte del desarrollo normal, pueden verse claramente intensificadas cuando el uso de las TIC ocupa una parte central del tiempo libre y desplaza otras actividades fundamentales para el desarrollo emocional y conductual.

En adolescentes con vulnerabilidad previa, como aquellos con trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el impacto del uso desregulado de las tecnologías suele ser aún mayor. La exposición continuada a contenidos rápidos y altamente estimulantes puede aumentar la impulsividad, la irritabilidad y las dificultades para seguir normas, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. En estos casos, el móvil, los videojuegos o las plataformas digitales no son la causa del trastorno, pero sí actúan como un potente factor de mantenimiento y agravamiento de los síntomas.

A nivel conductual, es habitual que aparezcan conflictos familiares relacionados con los límites de uso, estallidos de ira ante la retirada de dispositivos y dificultades para aceptar normas y rutinas. En el entorno escolar, estos adolescentes pueden mostrar mayor desorganización, problemas de conducta, bajo rendimiento académico y dificultades en la relación con iguales y profesores.

Desde una perspectiva clínica, es fundamental entender que no se trata únicamente de “mal comportamiento”, sino de un desajuste en los mecanismos de autorregulación emocional y conductual. Abordar estos problemas requiere una intervención integral que incluya límites claros, acompañamiento emocional, hábitos tecnológicos saludables y, cuando es necesario, una valoración psiquiátrica especializada.

El impacto de las redes sociales en la identidad del adolescente

La adolescencia es una etapa fundamental en la construcción de la identidad personal. Es el momento en el que el joven comienza a definirse, a diferenciarse del entorno familiar y a buscar su lugar en el mundo. Este proceso, que siempre ha sido complejo, se desarrolla hoy en gran medida dentro de un entorno digital, lo que introduce nuevas variables que pueden dificultar una construcción identitaria sólida y saludable. La relación entre adolescentes y tic influye de forma directa en cómo se perciben a sí mismos y en cómo creen que son percibidos por los demás.

Cuando la identidad se construye principalmente a través de las redes sociales, puede volverse frágil y excesivamente dependiente de la aprobación externa. El adolescente aprende a mostrarse según lo que recibe más reconocimiento, adaptando su imagen, sus opiniones e incluso su comportamiento a aquello que obtiene mayor validación. Este proceso puede generar una desconexión progresiva entre la identidad real y la identidad digital, con el consiguiente malestar emocional.

En consulta, es frecuente encontrar adolescentes que miden su valor personal en función del número de seguidores, “me gusta” o comentarios. Esta exposición constante al juicio externo genera una presión silenciosa pero persistente, que favorece la aparición de inseguridad, ansiedad social y miedo al rechazo. Cualquier crítica o falta de respuesta puede vivirse como una desconfirmación personal, afectando directamente a la autoestima.

Además, la comparación constante con otros perfiles contribuye a una percepción distorsionada de la realidad. El adolescente no solo se compara con los demás, sino que suele hacerlo desde una posición de desventaja, concluyendo que no es suficiente, que no encaja o que no alcanza los estándares que percibe como deseables. Esta dinámica dificulta la aceptación de uno mismo y puede interferir en el desarrollo de relaciones auténticas y profundas.

Desde una perspectiva clínica, es importante acompañar al adolescente en la construcción de una identidad que no dependa exclusivamente del entorno digital. Fomentar espacios de relación presencial, ayudarle a reconocer su valor más allá de la imagen proyectada y promover una mirada crítica hacia las redes sociales son elementos clave para proteger su salud mental en esta etapa tan sensible del desarrollo.

El papel de la familia ante el uso de las TIC

La familia tiene un papel fundamental. No se trata únicamente de controlar, sino de acompañar. Establecer límites claros, coherentes y adaptados a la edad, junto con una comunicación abierta, es una de las medidas más eficaces para prevenir problemas de salud mental relacionados con la tecnología.

El ejemplo de los adultos, el interés por el mundo digital del adolescente y la validación emocional resultan mucho más efectivos que las prohibiciones rígidas sin diálogo.

Prevención: cómo fomentar un uso saludable de la tecnología en adolescentes

La prevención comienza mucho antes de que aparezca un problema evidente. En el ámbito de la salud mental, sabemos que intervenir de forma temprana es una de las estrategias más eficaces para reducir el riesgo de trastornos emocionales en la adolescencia. En este sentido, la relación entre adolescentes y tic debe abordarse desde una perspectiva educativa y preventiva, no únicamente cuando surgen conflictos o síntomas clínicos.

Fomentar actividades fuera de la pantalla es uno de los pilares fundamentales. El deporte, el contacto con la naturaleza, las relaciones presenciales y las actividades creativas ayudan al adolescente a desarrollar habilidades emocionales y sociales que no pueden sustituirse por la interacción digital. Estas experiencias refuerzan la autoestima, mejoran la regulación emocional y ofrecen fuentes de gratificación más estables y saludables.

Otro aspecto clave es el establecimiento de rutinas de descanso digital. Limitar el uso de dispositivos en determinados momentos del día, especialmente antes de dormir, permite proteger el sueño y favorecer una adecuada desconexión mental. Estas rutinas no deben plantearse como castigos, sino como hábitos de autocuidado que benefician tanto al bienestar emocional como al rendimiento académico.

La educación emocional y digital también juega un papel esencial. Ayudar al adolescente a entender cómo funcionan las redes sociales, por qué generan dependencia y cómo influyen en su estado de ánimo favorece una relación más consciente con la tecnología. Cuando el joven comprende los mecanismos que hay detrás del entorno digital, puede desarrollar una actitud más crítica y menos reactiva.

Desde la familia, es fundamental acompañar sin invadir. Establecer límites claros, coherentes y adaptados a la edad, mantener una comunicación abierta y predicar con el ejemplo son estrategias mucho más eficaces que el control excesivo o la prohibición estricta. La tecnología no debe convertirse en un campo de batalla, sino en una oportunidad para educar en responsabilidad y autocontrol.

No se trata de eliminar la tecnología de la vida del adolescente, algo poco realista en la sociedad actual, sino de integrarla de forma consciente, equilibrada y acorde a cada etapa del desarrollo. Cuando este equilibrio se consigue, las TIC pueden convertirse en una herramienta útil y enriquecedora, en lugar de un factor de riesgo para la salud mental.

Cuándo consultar con un psiquiatra infantil-juvenil

Una de las dificultades más habituales con las que me encuentro en consulta es que muchos síntomas emocionales en la adolescencia se normalizan durante demasiado tiempo. Es cierto que esta etapa vital se caracteriza por cambios, altibajos emocionales y conductas desafiantes, pero no todo puede atribuirse al desarrollo normal. Saber cuándo pedir ayuda especializada es clave para proteger la salud mental del adolescente y evitar que un problema incipiente se cronifique.

Es importante prestar atención a síntomas persistentes como el aislamiento social progresivo, la pérdida de interés por actividades que antes resultaban placenteras, los cambios bruscos de humor, la irritabilidad constante o un descenso significativo del rendimiento académico. También deben alertarnos las alteraciones importantes del sueño, el aumento de la ansiedad, las conductas evitativas, el uso compulsivo de dispositivos o los conflictos familiares cada vez más intensos relacionados con la tecnología.

En el contexto de la relación entre adolescentes y tic, muchas familias dudan sobre si la tecnología es la causa del problema o solo una consecuencia. Desde la psiquiatría, sabemos que ambas cosas pueden coexistir. Por eso, una valoración especializada permite diferenciar entre un uso inadecuado propio de la edad y la presencia de un trastorno psiquiátrico que requiere intervención.

La intervención temprana ofrece mejores resultados, reduce el sufrimiento del adolescente y de su entorno y facilita la adquisición de estrategias de regulación emocional y conductual. Consultar no significa etiquetar ni medicalizar de forma automática, sino comprender qué está ocurriendo y ofrecer el acompañamiento más adecuado en cada caso. Pedir ayuda a tiempo es, en muchos casos, el primer paso hacia una evolución positiva.

Preguntas frecuentes sobre adolescentes y TIC

¿Cuántas horas de pantalla son recomendables en la adolescencia?

No existe una cifra única válida para todos, porque depende de la edad, la madurez, el tipo de uso y la situación personal del adolescente. En mi experiencia, lo más útil no es contar horas de forma rígida, sino valorar si el uso interfiere con áreas clave: sueño, rendimiento académico, actividad física, tiempo en familia y relaciones presenciales. También importa mucho la calidad del tiempo de pantalla: no es lo mismo usar la tecnología para estudiar o crear contenido que pasar horas en un consumo pasivo e infinito de vídeos. Cuando el móvil desplaza el descanso, aumenta la irritabilidad o genera conflictos constantes, suele ser una señal de que el uso ya no es saludable y conviene replantear rutinas y límites.

¿Las redes sociales pueden causar depresión?

Las redes sociales rara vez son la única causa de una depresión, pero pueden actuar como factor de riesgo o amplificador en adolescentes vulnerables. Esto ocurre especialmente cuando hay comparación constante, exposición a contenidos que afectan a la autoestima, dependencia de la validación externa o experiencias de rechazo (por ejemplo, exclusión, burlas o ciberacoso). Además, el uso excesivo puede reducir el tiempo dedicado a actividades protectoras como el deporte, el contacto social real o el descanso. En consulta, veo que algunos adolescentes entran en una dinámica de “conexión para aliviarse” que, paradójicamente, termina alimentando el malestar. Por eso es importante observar cambios sostenidos en el estado de ánimo, la motivación y el interés por la vida cotidiana.

¿El uso del móvil empeora la ansiedad?

En muchos casos sí, especialmente cuando el móvil se convierte en una herramienta para calmar la ansiedad de forma inmediata. El problema es que esa calma suele durar poco y el adolescente necesita revisar el dispositivo cada vez con más frecuencia, entrando en un círculo de dependencia. Las notificaciones constantes, la presión por responder, el miedo a perderse algo y la exposición a conflictos o noticias también mantienen al adolescente en un estado de alerta. Además, cuando el móvil sustituye la interacción presencial, puede aumentar la inseguridad social. A nivel clínico, una señal clara es cuando el adolescente se muestra inquieto o irritable si no tiene el teléfono cerca, o cuando el móvil es lo primero y lo último que mira cada día.

¿Cómo saber si mi hijo tiene adicción a la tecnología?

Más que fijarnos solo en “mucho uso”, debemos observar la pérdida de control y el impacto funcional. En términos prácticos, me preocupa cuando el adolescente intenta reducir el tiempo y no puede, cuando miente sobre el uso, cuando se irrita de forma intensa si se le limita o cuando la tecnología desplaza sistemáticamente responsabilidades, sueño y relaciones. También es relevante si necesita cada vez más tiempo conectado para sentirse bien, o si su estado de ánimo empeora claramente al desconectarse. No todos los casos cumplen criterios de “adicción”, pero sí puede haber un uso problemático que requiere intervención. En estos casos, la evaluación profesional ayuda a diferenciar entre un hábito desadaptativo y un problema clínico que necesita un abordaje más estructurado.

¿El mal uso de las TIC afecta al rendimiento académico?

Sí, y con mucha frecuencia lo hace por vías indirectas. El uso intensivo suele afectar al sueño, y dormir poco o mal repercute de manera inmediata en la atención, la memoria y la capacidad de concentración. Además, la multitarea digital (estudiar con el móvil al lado, alternar redes y deberes) fragmenta el aprendizaje y reduce la eficacia del estudio. También puede aparecer desmotivación cuando el adolescente se acostumbra a estímulos rápidos y le cuesta sostener tareas largas o menos gratificantes. En consulta, es habitual que el descenso académico sea uno de los primeros signos visibles para la familia. En estos casos, revisar hábitos tecnológicos es una parte esencial del abordaje.

¿Se puede revertir el impacto psicológico de un uso excesivo?

En la mayoría de los casos, sí. Cuando se actúa a tiempo, los adolescentes suelen responder muy bien a cambios de hábitos, a un acompañamiento familiar consistente y a una reorganización de rutinas. El primer paso es recuperar pilares básicos: sueño, actividad física, tiempos sin pantallas y relaciones presenciales. Después, es importante que el adolescente aprenda estrategias de regulación emocional para no depender del móvil como única forma de aliviar malestar. En algunos casos, conviene apoyo psicoterapéutico y, si existe un trastorno psiquiátrico asociado (ansiedad, depresión, TDAH u otros), una valoración por psiquiatría infantil-juvenil para definir el tratamiento más adecuado. Lo más importante es entender que no se trata de “culpar” a la tecnología, sino de recuperar el equilibrio y fortalecer los recursos del adolescente.

Conclusión: acompañar a los adolescentes en un mundo digital sin demonizar la tecnología

Como psiquiatra, creo firmemente que la tecnología no es el enemigo de nuestros adolescentes. Forma parte de su realidad, de su lenguaje y de su forma de relacionarse con el mundo. Intentar eliminarla o demonizarla no solo es poco realista, sino que puede aumentar la distancia entre adultos y jóvenes. El verdadero reto está en aprender a convivir con la tecnología de manera saludable, consciente y adaptada a cada etapa del desarrollo.

Comprender la relación entre adolescentes y tic nos permite mirar más allá del dispositivo y centrarnos en lo verdaderamente importante: cómo se siente el adolescente, qué necesidades emocionales intenta cubrir y qué dificultades está expresando a través de su conducta. El uso excesivo de pantallas, la dependencia del móvil o los conflictos asociados a la tecnología suelen ser señales de alarma, no el problema en sí mismo.

Detectar estas señales de forma temprana, sin juicios ni culpabilizaciones, es clave para prevenir la aparición de trastornos de ansiedad, depresión, problemas de conducta o dificultades en la construcción de la identidad. El acompañamiento emocional, la comunicación abierta y la coherencia en los límites son herramientas mucho más eficaces que el control rígido o la prohibición.

Desde la psiquiatría, el objetivo no es apartar a los adolescentes del mundo digital, sino ayudarles a integrarlo de forma equilibrada en una vida que incluya descanso, relaciones presenciales, actividad física y espacios de desconexión. Cuando el adolescente se siente comprendido y acompañado, es mucho más fácil que desarrolle una relación más sana con la tecnología y, en consecuencia, una mayor estabilidad emocional.

Cuidar la salud mental de los adolescentes en la era digital implica estar presentes, escuchar y actuar a tiempo. Ese es, sin duda, uno de los mayores retos y también una de las mayores oportunidades de nuestro tiempo.

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