El cerebro distraído por qué la atención se ha convertido en un recurso en peligro

El cerebro distraído: por qué la atención se ha convertido en un recurso en peligro

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Desde sus inicios, el ser humano ha dependido de su capacidad de atención para sobrevivir. Para interpretar el entorno, estar alerta ante los peligros que le acechaban, cazar o simplemente para tomar decisiones. Pero todo apunta a que hoy, en plena era digital, esa capacidad parece haberse convertido en un bien escaso (y muy preciado). Vivimos con un cerebro distraído, acostumbrado a recibir estímulos constantes que capturan nuestra mente y fragmentan nuestro foco.

Un cerebro distraído en la era de las notificaciones

Un adulto promedio consulta su móvil más de 150 veces al día. Lo hace sin darse cuenta, de forma automática. Este patrón de consumo de pantallas, basado en interrupciones constantes para obtener una leve (pero inmediata) recompensa, seguida de la dificultad para volver a concentrarnos en la tarea previa, supone una sobrecarga de estímulos y una fatiga atencional que modifica los circuitos cerebrales responsables de regular la atención.

Esto lo conocen bien las empresas tecnológicas responsables del diseño de nuestros smartphones, las que desarrollan las apps y, por supuesto, quienes pagan por publicitarse en ellas. Hay consenso al respecto: quien domine la atención de las personas, dominará el mercado. Y este es el punto de partida desde el que los usuarios nos convertimos en esclavos de nuestros teléfonos móviles, enterrando en ellos nuestra capacidad natural de concentración. Así es como el cerebro distraído se consolida como el nuevo paradigma de la mente moderna.

Qué ocurre dentro de un cerebro distraído

Las investigaciones más recientes en neurociencia apuntan incluso a un cambio estructural en nuestros cerebros. El refuerzo dopaminérgico, que antes se reservaba para recompensas naturales (comida, relaciones, logros), se activa hoy con cada notificación, cada “like” o incluso al “refrescar la página” en busca de nuevas noticias o publicaciones.

El resultado es un cerebro distraído cada vez más habituado a la gratificación instantánea y menos capaz de mantener la concentración prolongada. Cuanto más buscamos estímulos rápidos, más difícil nos resulta permanecer en silencio, leer un texto largo o simplemente aburrirnos sin sentir ansiedad.

El precio del exceso de estímulos

No se trata solo de un problema de productividad, sino de salud mental. Trastornos como el TDAH, la ansiedad o la depresión, se agravan en un entorno que premia la dispersión. Entrenar la atención no es ya una cuestión de rendimiento, sino de bienestar.

Recuperar el foco implica reaprender a tolerar el silencio, el aburrimiento y la lentitud. No se trata de volver atrás, sino de usar la tecnología sin rendirle culto. Porque si la atención es la puerta de entrada a la conciencia, protegerla es la forma más radical de cuidar nuestra libertad.

Espero que esta información te haya resultado útil. Si tienes dudas en relación a tu caso en particular, no dudes en preguntármelo para que te asesore.

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